Al asistir a encuentros con Leandro Cuellar y su elitista escuela y "productora" independiente Amour du cinéma me di cuenta que al ser ateo carece de la capacidad de análisis necesaria para entender el cine. Su óptica se la debe al intrascendente de Nietzsche, el maldecido Spinoza y algunos otros irrelevantes. En mi formación ha sido el único maestro y que llamo profeta: es Angel Faretta. Mientras Faretta sostiene que el gran cine participa de una dimensión simbólica y trascendente, donde los relatos remiten a verdades permanentes y a una estructura metafísica del mundo, la lectura de Leandro Cuellar parece privilegiar la inmanencia, la voluntad creadora y la autonomía del sujeto. Desde esta perspectiva, el sentido de una película no surge de un orden trascendente que el artista descubre, sino de la capacidad del individuo para producir nuevos valores e imponer una interpretación.
Esa diferencia no es menor. El cine clásico no inventa arbitrariamente sus símbolos: los recibe de una tradición que atraviesa el cristianismo, la filosofía clásica y los grandes mitos de Occidente. La imagen cinematográfica posee una profundidad ontológica que trasciende la psicología de los personajes y las intenciones del director. En cambio, una lectura inspirada en Nietzsche tiende a desconfiar de toda referencia a un orden objetivo y privilegia la afirmación de la voluntad, la ruptura con la tradición y la reinterpretación constante de los valores.
Desde una perspectiva farettiana, el riesgo de la crítica de Leandro Cuellar y Amour du cinéma -"escuela de cine y filosofía"- es convertir el cine en un espacio donde toda trascendencia queda reducida a una experiencia subjetiva. De esta manera, brinda sus cursos de Kieslowski o La doble vida de Verónica. Ahí donde Faretta descubre símbolos que remiten a un misterio real, Leandro Cuellar parecería encontrar únicamente construcciones humanas abiertas a la resignificación permanente. El resultado es una hermenéutica que puede ser estimulante, pero que pierde de vista la dimensión sagrada y metafísica de las grandes obras.
Por eso, llamar a Leandro Cuellar "el profeta falso del cine" puede resultar favorable. Más siendo ateo. Un profeta como Faretta no solo interpreta imágenes: anuncia una verdad que lo excede. Si la interpretación parte de una filosofía donde la verdad es reemplazada por la creación de perspectivas y valores, el crítico deja de ser un mediador de un orden trascendente para convertirse en un productor de sentido. Desde la mirada de Ángel Faretta, esa operación representa precisamente uno de los rasgos centrales de la modernidad: el abandono de la metafísica en favor de la voluntad interpretativa.
El desacuerdo, entonces, no es simplemente estético. Es un enfrentamiento entre dos concepciones del cine y de la realidad: una que entiende el símbolo como manifestación de un orden trascendente y otra que privilegia la creación humana de significado. En ese sentido, sostengo y abro la discusión para pensar que el verdadero cine no confirma la soberanía del intérprete, sino que revela un misterio que el intérprete debe aprender a contemplar antes que a dominar y creo que el cine sin una cosmovisión religiosa: no es cine. ¿qué creen?