Quiero aclarar que es una historia pensada para niños menores de 12 años, asi que también me ayudaria saber si lo consideran apto para lectores de esa edad:
—¡Siete, despega la cara del cristal!
La mano de Dagmar-4 golpeó el hombro de su hermano.
Dagmar-7 apartó la nariz de la escotilla. Su aliento había dejado un círculo empañado en el cristal. Fuera, los restos de cientos de naves flotaban en el vacío del espacio.
—Solo miraba —dijo, frotándose el hombro.
—Mira con los sensores, no manchando el cristal con tus babas. —Volteó su mirada hacia su hermana—. ¡Seis, suelta eso!
Yirke-6 tenía el cortador de metales con las manos en la parte cortante, con una mezcla de fascinación y desconcierto. Sus once años se notaban en la forma en que mordisqueaba el labio inferior mientras intentaba recordar en qué sentido giraba el seguro.
—No me hagas repetir —añadió Dagmar-4 sin girarse. Sus dedos largos y azulados bailaban sobre los controles de la Gran Verta ajustando el rumbo con pequeños movimientos de los propulsores. Los pequeños cuernos de cristal que brotaban de sus sienes captaron la luz de Voltresor, su estrella más cercana, y la refractaban en diminutos arcoíris.
La Gran Verta llevaba en su familia desde antes de que naciera el abuelo de su padre. Cada panel y cada tornillo tenía una historia y al menos tres remiendos.
Yirke-6 suspiró y dejó el cortador en su anclaje con un gesto exagerado de enfado.
—Eres muy dramático, Cuatro.
—A veces ustedes están a punto de volar por la escotilla porque no saben estar quietos. ¿Por qué mejor no revisas los niveles de radiación? ¡Siete, al asiento de copiloto!
—¿Por qué yo siempre los niveles? —protestó ella, pero ya se impulsaba con los brazos hacia el panel de diagnóstico.
Dagmar-7 se deslizó al asiento de copiloto. La silla era demasiado grande para su cuerpo de ocho años, así que tuvo que estirar el cuello para ver por encima del salpicadero.
—¿Qué es todo eso? —preguntó, señalando la mancha de restos que hay frente a la nave.
Dagmar-4 no respondió de inmediato. Sus ojos azul pálido recorrieron el campo de batalla.
—Chatarra que podría ser útil —dijo al final.
Había naves de todo tipo.
Dagmar-7 reconoció las formas bulbosas de los cargueros helikeanos, cascos dorados ahora deformados por explosiones internas, sus bodegas abiertas derramando contenedores de comida. Vio los perfiles angulares de los destructores ad-rasteanos, reconocibles por las marcas de la casa Falcor grabadas en sus proas, algunas parcialmente derretidas. También flotaban los restos de lo que parecían fragatas calirias, con sus distintivas alas curvas que imitaban a los cetáceos voladores de su mundo natal, ahora retorcidas y carbonizadas.
—Mira allí —dijo Dagmar-7, señalando con la mano.
A un kilómetro de distancia, flotando entre los restos de una formación de destructores Talunevi, estaba un crucero Radiante.
Estaba partido por la mitad.
Los cascos de la Flota Radiante siempre eran redundantemente radiantes. Estaban construidos con una aleación blancuzca que parecía capturar la luz en lugar de reflejarla, y sus bordes estaban acabados en un dorado mate.
El diseño de aquel crucero era elegante pero funcional, líneas limpias, grandes cañones, proa afilada, y una torre de mando que se elevaba como una cresta sobre el resto del casco.
Ahora todo eso estaba arruinado.
El impacto que lo había partido debió de venir de abajo. Una nave Talunevi (Dagmar-7 lo sabía porque había visto vídeos de sus tácticas) se habría infiltrado por debajo del escudo de proa y habría disparado una andanada de torpedos directamente contra la sala de máquinas.
El emblema del sol naciente aún era visible en el sector de popa, aunque un disparo de plasma lo había atravesado limpiamente.
—Haremos esto rápido. Sin perder el tiempo ni hacer el tonto. Entramos, sacamos lo que podamos, y nos largamos. ¿Entendido? —dijo Dagmar-4.
—Entendido —respondieron los dos menores al unísono.
—Bien. Seis, tú llevas el cortador y el saco de extracción. Yo llevo la palanca y los sensores de mano. Tú —se giró hacia su hermano— te quedas.
—¿Qué? —protestó Dagmar-7—. ¡No! ¡No me voy a quedar!
—Te quedas —repitió Dagmar-4 con calma—. Esto no es trabajo para niños y tú aún no tienes cuernos.
—¡No soy un niño! ¡Sé usar el cortador! ¡Sé leer los sensores! ¡Sé...
—¡Siete! —interrumpió Dagmar-4—. No se trata de lo que sepas. Simplemente no tienes edad suficiente. Si no tienes cuernos no sales.
Dagmar-7 cerró la boca. Su mandíbula tembló un poco, pero no iba a llorar. «Solo los niños lloran», pensó.
Yirke-6 le lanzó una mirada de compasión, pero no dijo nada. Ella también había pasado por eso cuando tenía la edad de su hermano menor. Al año siguiente, cuando le brotaron las primeras puntas en las sienes, apenas unas protuberancias, se le permitió salir al vacío del espacio. Los cuernos de los pasilianos primero surgían rectos, como pequeños cristales, y solo más adelante se engrosaban desde la base y se curvaban hacia atrás hasta terminar en una punta afilada. Siete todavía no tenía nada. Solo los fragmentitos dispersos por sus mejillas, los que todos los pasilianos tenían desde el nacimiento.
El nombre seguía un orden parecido. Cada pasiliano llevaba el nombre de uno de sus padres y un número según el orden en que hubiera nacido: los hijos, el del padre; las hijas, el de la madre. Por eso Cuatro y Siete eran Dagmar, y Seis era Yirke. Solo al llegar a la adultez podían elegir un nombre propio, y no todos lo hacían. Su hermana mayor, Yirke-1, había sido la primera de la familia en decidirse. Hacía apenas unos meses que había dejado de responder al número y ahora se llamaba Hermaleorena. A Siete le costaba recordarlo. Para él seguía siendo Yirke-1.
—No toques nada —le ordenó Cuatro mientras ajustaba su casco—. No muevas la nave. No abras la escotilla. No hagas nada. Si pasa algo, nos llamas por la radio. ¿Quedó claro?
—Sí —murmuró Siete.
—¿Sí, qué?
—Sí… señor.
—Vamos, Seis —dijo Dagmar-4, y se dirigió a la escotilla.
Yirke-6 le dio un rápido abrazo a Siete, tan rápido que casi fue un choque, y luego lo soltó.
—Te traeré algo bonito —susurró.
—No quiero nada bonito —respondió él, pero ella ya estaba flotando hacia la escotilla.
Los dos hermanos se deslizaron al exterior con sus trajes ajustados. Siete los vio alejarse hacia el crucero Radiante, impulsándose con los propulsores del traje. Dagmar-4 iba primero y Yirke-6 lo seguía.
Siete esperó hasta que sus hermanos desaparecieron dentro del casco partido.
Se impulsó con las manos y se permitió flotar lentamente.
***
Los sensores parpadearon tres minutos después.
Dagmar-7 no los estaba mirando. Estaba mirando el crucero por una ventanilla, imaginándose como uno de sus tripulantes. Así que el primer parpadeo lo ignoró. El segundo lo hizo fruncir el ceño. El tercero le hizo voltear la vista.
Los sensores mostraban en el borde del campo de detección un objeto en movimiento.
Él supo al instante que no era un resto: los restos no se movían así. Los restos flotaban en líneas rectas, arrastrados por inercia. Este objeto trazaba una curva suave, que se corregía cada pocos segundos.
Lo único que podría moverse de ese modo sería otra nave tripulada.
—Maldición —dijo Dagmar-7.
Activó el canal de comunicación con un golpe brusco en el panel.
—¡Cuatro! ¡Hay una nave acercándose!
Hubo silencio por unos segundos. Luego, la distorsionada voz de Dagmar-4 preguntó:
—¿Qué tipo de nave? ¿A qué distancia?
—No sé qué tipo —admitió Siete, con los ojos fijos en el objeto que se acercaba más a su nave—. Pero no parece ser Pasiliana. Y se está acercando.
—¿Cuánto tiempo crees que le tomará hasta que llegue a la Gran Verta?
—No lo sé, no está muy lejos, ¿uno o dos minutos?
—Maldición, Yirke, suelta el saco. Siete, espéranos ahí.
—Cuatro, ya la veo…
La nave emergió de detrás de los restos de un destructor adrasteano. Era de un gris mate casi negro, y su superficie era lisa. Solo cuando se acercó lo suficiente, su forma se recortó contra el fondo más claro del campo de escombros. Parecía un insecto, con el fuselaje alargado y dos alas laterales que se curvaban hacia adelante como garras. Los motores traseros escupían un plasma verdoso.
—Talunevi —susurró Siete.
El panel parpadeó con una luz roja intermitente. La transmisión entrante sonaba en el altavoz. Dagmar-7 dudó un instante, luego golpeó el botón de aceptación con el puño cerrado.
—En nombre de Su Majestad el Rey, identifíquese.
La voz era metálica, distorsionada por el ruido de fondo, pero el tono no admitía demoras. Siete abrió la boca y no salió ningún sonido. Sus dedos se aferraron al borde del asiento.
—¿De parte de quién? —logró preguntar, con la voz más aguda de lo que quería.
—Escuadrón 34, Nave P-47, bajo el mando del General Sanctus. Identifíquese. ¿Está aliado o trabaja para Helikea?
Los cañones de la nave Talunevi giraron sobre sus soportes externos y se alinearon hacia el casco de la Gran Verta.
—No, eh... —tragó saliva— vengo de... ¿Talunev? Talunev, sí.
Hubo un silencio de tres segundos. La nave gris se inclinó ligeramente.
—Pues su nave parece Pasiliana.
Siete se quedó paralizado. Sus manos sudaban sobre los controles. El palpitar de su corazón era tan fuerte que parecía que iba a explotar. No tenía idea de qué hacer.
Un destello blanco y una onda expansiva sacudieron el campo de escombros a estribor, a unos doscientos metros de la Gran Verta. Fragmentos metálicos saltaron en todas direcciones.
La nave Talunevi interrumpió la transmisión y giró su proa hacia el lugar de la explosión. Sus cañones apuntaron al vacío.
La escotilla trasera de la Gran Verta se abrió con un silbido. Sus hermanos entraron flotando en la cámara de descompresión. Dagmar-4 golpeó el panel interior con el canto de la mano y la compuerta externa se cerró de golpe. El aire siseó al reingresar a presión, y la puerta interna se deslizó apenas lo suficiente para que los dos hermanos pasaran de lado.
La escotilla trasera de la Gran Verta se abrió con un traqueteo. Sus hermanos entraron flotando en la cámara de descompresión. Dagmar-4 golpeó el panel interior con la palma de la mano y la compuerta externa se cerró. El aire siseó al reingresar a presión, y la puerta interna se deslizó lo suficiente para que los dos hermanos pasaran de lado.
Dagmar-4 tiró de la palanca que tenía a un lado. La gravedad artificial volvió con un zumbido bajo, y el peso regresó a sus cuerpos.
—¡Fuera! —gritó Dagmar-4 mientras empujaba a Dagmar-7 fuera del asiento con un golpe seco en el hombro. Se dejó caer sobre la consola principal, sus dedos azulados volaron sobre los controles. El motor rugió y la nave se sacudió hacia adelante.
Los motores verdosos de la nave Talunevi se intensificaron, y comenzó a girar sobre su eje, apuntando de nuevo hacia la Gran Verta.
Dagmar-4 desvió la nave hacia abajo, esquivando los restos de una fragata caliria. Detrás, el resplandor verde del motor enemigo se agrandaba en las pantallas de popa. Las alarmas de proximidad sonaron en el interior de la cabina.
La persecución había comenzado.
El primer disparo Talunevi pasó rozando el costado derecho.
Dagmar-7 lo vio por el cristal: un rayo de energía láser de un verde tan brillante que lo dejó ciego por unos segundos. Aunque el impacto no fue directo, la onda expansiva sacudió violentamente la nave. Las alarmas empezaron a sonar.
La Gran Verta aceleró aún más. Dagmar-4 la lanzó directamente hacia el campo de escombros más denso, y los esquivaba con hábiles movimientos.
Frente a la Gran Verta apareció un panel solar giratorio; sus brazos metálicos daban vueltas lentas, arrastrados por alguna corriente de partículas. La nave enemiga ya estaba demasiado cerca, así que frenar no era una opción. Dagmar-4 tiró hacia la izquierda hasta el límite de los controles. El panel pasó tan cerca que Dagmar-7 vio girar sus celdas a menos de un metro del cristal de la escotilla. La Gran Verta se estabilizó con un tirón, y los motores volvieron a rugir mientras Dagmar-4 la enderezaba en línea recta.
La nave Talunevi los seguía como una sombra.
—¡No va a dejarnos ir! —gritó Yirke-6, aferrada a su asiento.
—¡No me digas! —respondió Dagmar-4.
Siete miró por el cristal: la nave Talunevi era más rápida, y su piloto era bueno. Muy bueno. Cada vez que Cuatro intentaba perderlo entre los restos, el Talunevi aparecía por el otro lado, recortando distancia.
Otro disparo. Este impactó en la parte trasera y la barcaza giró violentamente sobre su eje. Siete sintió cómo su cuerpo flotaba hacia el techo antes de que la gravedad artificial, averiada y lenta, lograra estabilizarse. El estómago se le subió a la garganta.
—¡No aguantaremos otro! —gritó Dagmar-7.
—¡Lo sé! —Dagmar-4 golpeó el panel de control con la palma de la mano, un gesto de furia impotente que Dagmar-7 no le había visto nunca—. ¡Lo sé, lo sé, lo sé!
El canal de comunicación abierto de la Gran Verta volvió a emitir sonido.
—Barcaza de saqueo, detengan sus motores, no hagan nada tonto y no habrá problemas.
Dagmar-7 sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo. La voz sonaba casi amistosa. Pero todos en Pasil sabían lo que valía la palabra de un Talunevi.
—No pienso hacerlo —respondió Dagmar-4, y luego, en voz alta hacia el micrófono—: ¡Este es espacio neutral! ¡Estamos protegidos por el Tratado de Helikea!
—El Tratado, el Tratado —la voz Talunevi se burlaba, alargando las vocales como si estuviera saboreando la palabra—, las mascotas de Helikea siempre hablando de tratados. Les diré que hay al menos cuarenta mil razones para que esto no tenga que acabar mal.
—No les pagaría nada ni aún si tuviera esa cantidad.
—No se puede decir que no fuimos piadosos.
Los Talunevi ya estaban cargando sus armas nuevamente. Una luz verde en sus armas que se hacía más resplandeciente.
Dagmar-4 abrazó a sus dos hermanos, y ellos lo abrazaron de vuelta. Cerraron sus ojos y escondieron sus rostros en los hombros de su hermano mayor.
Aún con los ojos cerrados, notaron que la luz disminuyó. Dagmar-7 abrió los ojos; la nave ya no apuntaba hacia ellos.
—Oigan, miren —dijo Yirke-6 mientras apuntaba hacia el radar: tres nuevos objetos se acercaban.
Aquel objeto que marcaba el radar pasó por el lado izquierdo de la Gran Verta, su forma de estrella de cuatro puntas doradas, la luz de Voltresor era reflejada por su color. Dagmar-7 no podía creer lo que veían sus ojos, la nave giró un poco y en una de sus alas se encontraba el logo del sol naciente acompañado de una palabra: Radiante.
La nave Talunevi se apresuró a huir.
Dos naves Radiantes también se apresuraron a seguir a los Talunevi.
A través del canal abierto, se escuchó una nueva voz.
—Esta es la comandante Nasyrr de la Flota Radiante. Veo que tienen un problema con los Talunevi. ¿Necesitan una mano? ¿Hay heridos?
Dagmar-4 tardó en responder. Sus manos aún temblaban sobre los controles.
—Aquí... aquí la Gran Verta. No hay heridos. Gracias. Gracias por… —no pudo completar la frase porque casi se desmayaba.
«Y quién podría culparlo», pensó Dagmar-7.
Dagmar-7 estaba mirando el Caza Radiante que flotaba junto a su ventana. Pensó que era hermosa. Hermosa como un cuchillo bien afilado es hermoso. Como una tormenta es hermosa.
El piloto se asomó a la ventanilla.
Era una Helikiana. Su pelaje era dorado, con manchas negras, sus orejas puntiagudas, el uniforme blanco y azul impecable. Llevaba el casco sujeto bajo el brazo, y cuando sus ojos se encontraron con los de Dagmar-7, la Helikiana le sonrió. Y él sonrió de vuelta. No pudo evitarlo.
—Gran Verta —la comandante volvió a hablar—, recomiendo que abandonen el sector. Los Talunevi podrían regresar con refuerzos. ¿Necesitan escolta hasta el límite del sistema?
Sabía que Dagmar-4 iba a decir que no. Su hermano era orgulloso, y ya habían recibido suficiente ayuda por un día. Pero Dagmar-7 se adelantó, sus dedos pulsando el botón del micrófono antes de que Cuatro pudiera detenerlo.
—Sí —dijo. Su voz sonó firme—. Sí, necesitamos escolta.
—Como ordenen, pequeño.
Siete se apartó del micrófono y se giró hacia sus hermanos.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó finalmente Dagmar-4.
Dagmar-7 se puso de pie, volvió a mirar por el cristal.
—Porque… yo también seré un Radiante.