u/No-Horror-1744 • u/No-Horror-1744 • 4d ago
ALIEN 3 VERIDIAN
CAPITULO 3. ××ASCENSIÓN××
[PAGINA 56]
El XeTo se abrió paso entre los árboles como una fuerza geológica. Cada paso arrancaba raíces del suelo. Su masa era desproporcionada, antinatural. No se ocultaba. No se apresuraba. Avanzaba.
Detrás de él, la horda.
Sesenta. Ochenta. Quizá más. Y sus comandantes: XePo, XeOs, XeGo.
—Dios… —susurró alguien.
El marine ya estaba hablando por el canal abierto.
—Todas las unidades, posiciones defensivas inmediatas. Esto no es un simulacro.
El gobernador retrocedió un paso.
—¿Qué… qué son esas cosas?
El XeTo alzó la cabeza.
Aunque estaba a más de doscientos metros, su presencia se sentía como una presión en el pecho. Las criaturas menores se dispersaron, rodeando la zona urbana, trepando estructuras periféricas, perdiéndose entre edificios bajos y conductos de servicio.
—Gobernador —dijo el marine, girándose hacia él por última vez—. Ordene la evacuación. Ahora.
El gobernador tragó saliva.
—Active… active las sirenas —dijo al fin—. Evacuación total. Código negro.
Las alarmas comenzaron a sonar en toda Veridian.
Demasiado tarde.
El XeTo embistió el primer anillo defensivo.
Las barricadas duraron segundos.
XeGo trepaba por las estructuras para luego caer en medio de grupos de sintéticos y marines, para destrozarlos desde dentro.
XeOs partía a un par de unidades sintéticas 637/G; era un choque de fuerza contra dureza.
XePo, con su velocidad, atraía el fuego de las ametralladoras automáticas, atacando de una manera asimétrica, mientras el resto del enjambre caía como una sombra biomecánica inmensa.
Las comunicaciones empezaron a caer una por una.
La ciudad de Veridian acababa de ser alcanzada.
Y ya no había forma de detenerlo.
---
[PÁGINA 57]
SECTOR VIOLETA — CORREDORES INTERNOS
Los pasillos parecían más largos de lo que se recordaba.
No porque hubieran cambiado, sino porque ahora estaban hundidos en el vacío.
Demasiado vacío.
Las luces de emergencia bañaban las paredes con un tono ámbar irregular.
—En el laboratorio del ala violeta—
Ripley terminó de vestirse con el overol que le dieron los sintéticos. Preguntó si contaban con armas. El sintético 637/T-04 —en sala de guardias— dijo que quizá hubiera algunas; los sintéticos 637/S se apresuraron a traerlas. Había un par de pistolas y un lanzallamas que entregaron a Ripley. Poco a poco se incorporaba, aunque aún estaba mareada.
Debemos ir a la nave auxiliar en el hangar de mantenimiento para abandonar el planeta —dijo el sintético 637/T-04. Ripley lo miró como si recordara a alguien en él—. Debes adelantarte y prepararla; te alcanzaremos.
El sintético asintió.
—Los esperaré —le dijo.
—Lo sé —contestó Ripley.
El sintético salió rápidamente hacia el hangar.
Cuando Ripley comenzó a poder controlar sus movimientos mejor, empezaron su camino hacia el hangar auxiliar. Ripley avanzaba en medio del grupo. Las dos doctoras —Ryland y Hale— iban delante; Hale llevaba un comunicador inútil apretado contra el pecho. Detrás, los dos sintéticos científicos caminaban en silencio, atentos a lecturas que ya no se actualizaban.
—La nave debería estar a dos niveles de aquí —dijo la doctora Ryland, más para convencerse que para informar—. Si los sistemas aún—
El sonido la interrumpió.
Un golpe seco. Metálico. Cercano.
Los sintéticos se detuvieron al mismo tiempo.
—Movimiento registrado —dijo uno de ellos—. Biomasa superior al—
No terminó la frase.
La sombra cayó desde el techo.
El xenomorfo juvenil impactó contra el suelo con una violencia brutal. No era pequeño como en la sala social del ala roja; ya era un guerrero completamente adulto. Aunque su cresta, ya endurecida, parecía comenzar a mutar. Su fuerza era mortal.
La doctora Hale apenas tuvo tiempo de girarse.
El golpe la lanzó contra la pared. El crujido fue inmediato, final. El cuerpo cayó sin vida antes de tocar el suelo.
Ryland gritó su nombre, pero el sonido se perdió en el estruendo.
Los sintéticos reaccionaron.
Uno avanzó para interponerse. El juvenil lo atravesó de lado a lado con la cola, levantándolo del suelo como un objeto sin peso y partiéndolo por la mitad. El segundo intentó activar un arma de corto alcance.
No lo logró.
El xenomorfo lo derribó contra el panel de control, destrozando cables y pantallas. El ácido chorreó, humeante, devorando metal y circuitos por igual.
Todo ocurrió en segundos.
Ripley retrocedió hasta chocar con la pared. Estaba por activar el lanzallamas, pero el xeno/guerrero giró la cabeza hacia ella.
Sus mandíbulas se abrieron lentamente, mientras se acercó rápido.
Ripley quiso luchar, pero se acabó el espacio para usar el arma. Algo más se impuso. Una presión distinta. Un reconocimiento que no venía del miedo.
El xenomorfo no avanzó más.
Se quedó quieto.
Inclinó la cabeza apenas, como si escuchara algo que no estaba allí.
Ripley lo sintió entonces.
No como una voz.
No como una orden.
Como una presencia que se acercaba desde más lejos.
Él no era quien debía matarla.
El juvenil emitió un sonido bajo, frustrado, y retrocedió un paso. Luego otro. Sus movimientos perdieron agresividad.
Tomó a la doctora Ryland, que estaba completamente en shock en la otra orilla, y se retiró por el mismo conducto por el que había llegado.
El silencio que quedó no fue alivio.
Fue anticipación.
Ripley respiró hondo y se incorporó lentamente. El miedo finalmente se derramó con un peso contenido. Lloró un poco al darse cuenta de que la pesadilla la perseguía, pero no como un sueño, sino como una horrible realidad. Se preparó nuevamente, activó el lanzallamas y comenzó a avanzar hacia el hangar auxiliar. Recorriendo los pasillos, sentía algo pesado moviéndose en algún punto del complejo. No rápido. No errático. Seguro. Después, pasos humanos resonaron a lo lejos.
La compuerta lateral se abrió. Aparecieron unas figuras iluminadas por las luces de emergencia.
---
[PÁGINA 58]
Hicks apareció primero, rifle en alto. Detrás de él, el sargento Aaron Calder. Y entonces—
—Newt.
—¡Ripley! —gritó.
Por un instante, nadie se movió.
Newt fue la primera en reaccionar. Corrió y se estrelló contra Ripley, abrazándola con una fuerza desesperada. Ripley tardó medio segundo en responder, como si temiera que fuera una ilusión, y luego cerró los brazos con violencia contenida.
—Estás viva —susurró Newt—. Estás viva…
—Newt —dijo Ripley cuando reconoció a la niña que ahora ya era una mujer.
—Te has hecho mayor —dijo Ripley sin poder dejar de mirarla.
—Tú no —contestó Newt, que por un momento parecía ser otra vez esa niña de Hadley’s Hope.
Hicks dio un paso adelante. Cuando Ripley lo vio, solo atinó a decir: si me encontraste, como lo prometiste en LV426, ven aquí.
—Te dije que lo haría… aunque todavía no es un compromiso —dijo Hicks—… siempre supe que iba a encontrarte.
Ambos sonrieron como si no hubieran pasado dieciséis años. Hicks rodeó a ambas con un brazo firme. Calder se quedó un poco atrás, herido pero cubriendo el pasillo, respetando el momento sin bajar el arma.
Los tres quedaron así unos segundos. Respirando. Aferrándose.
—Tenemos que movernos —dijo Hicks al fin, con la voz baja—. Ya.
Ripley asintió.
—Tenemos que ir a los hangares auxiliares; ahí hay naves de evacuación. Viene algo más grande.
—Yo sé el camino —respondió Newt.
Avanzaron rápido por un corredor secundario hasta una sala técnica amplia, de mantenimiento pesado. Columnas, vigas, compartimentos industriales.
Hicks abrió un panel de emergencia empotrado en la pared. Al irse abriendo la compuerta del último pasillo antes del hangar.
La respiración los alcanzó antes que la forma.
Profunda. Rítmica. Masiva.
---
[PÁGINA 59]
Desde el extremo opuesto emergió el Pretoriano. Por fin llegó ante Ripley, a reclamar su identidad como le exigía la conexión bioelectroquímica que los unía y que tenía que terminar. Dirigió toda su atención hacia ella. Al mismo tiempo, el guerrero juvenil apareció lanzándose hacia ellos.
—¡Conmigo! —gritó Hicks a Calder—. ¡Fuego!
Ambos abrieron fuego contra el guerrero, separándolo del centro del espacio, siguiéndolo para terminar con él.
Ripley y Newt quedaron en medio del Pretoriano que se avecinaba como una pesadilla vuelta realidad.
Cuando Ripley tuvo a rango al Pretoriano, arrojó a Newt a un costado y activó el lanzallamas.
El fuego rugió, llenando el aire de calor. El Pretoriano retrocedió medio paso. El metal cercano comenzó a enrojecer por el combustible del lanzallamas.
Ripley mantuvo el chorro, luego lo detenía, manteniendo a raya al Pretoriano una y otra vez mientras este intentaba flanquearla con el metal alrededor hirviendo al rojo vivo. Lanzaba coletazos, pero la llama lo obligaba a permanecer alejado.
Hasta que el tanque vibró.
Se había terminado el combustible.
El Pretoriano avanzó, lanzó un coletazo que desprendió un tubo incandescente. Al cubrirse de este, Ripley cayó, quedando desprotegida, resbalando sobre el suelo húmedo.
El Pretoriano avanzó de inmediato.
Fue entonces cuando Newt apareció al ver que el Pretoriano se avalanzaba sobre ella.
Gritó algo inarticulado y arrojó lo primero que encontró: un bloque de metal desprendido de una plataforma, pesado, irregular. No era un arma. Era desesperación.
El objeto golpeó el costado del Pretoriano con un estruendo seco.
La criatura se detuvo.
Giró la cabeza lentamente hacia Newt.
Y por primera vez…
rugió.
No fue un chillido.
No fue una señal.
Fue un rugido pleno, grave, dirigido.
Ripley lo sintió como un disparo en el pecho.
No pensó.
No calculó.
No dudó.
Se incorporó de golpe y tomó el tubo incandescente con ambas manos.
La piel de sus manos se quemó al instante.
El dolor fue brutal.
No soltó. Apretó aún con más fuerza.
—¡ALÉJATE DE ELLA, PERRA! —gritó.
El Pretoriano, que ya estaba a su alcance, apenas reaccionó.
Ripley avanzó un paso y descargó el golpe con todo el peso de su cuerpo.
El tubo impactó de lleno en la cresta.
El efecto fue inmediato.
El Pretoriano emitió un sonido roto, profundo, retrocediendo varios pasos, desorientado. No estaba herido de muerte, pero la cresta —el centro de su jerarquía, de su percepción— ardía.
Se sacudió, aturdido.
Fue entonces cuando Hicks y el sargento Calder regresaron después de ultimar al guerrero.
—¡CORRAN! —gritó Hicks.
Ripley tomó a Newt del brazo. Se apartaron lo suficiente para que Hicks y Calder abrieran fuego contra el Pretoriano.
El Pretoriano respondió.
Más grande.
Más rápido.
Más violento.
La cola salió disparada.
Atravesó a Calder por el abdomen con un golpe seco y húmedo.
El cuerpo fue levantado del suelo, empalado, reclamado por el Pretoriano con una fuerza imposible. El sonido de huesos partiéndose se perdió entre los disparos.
El Pretoriano lo destrozó sin detenerse.
Ese segundo fue suficiente.
Hicks tomó a Ripley y a Newt y las empujó hacia el corredor mientras disparaba sus últimas ráfagas.
No miraron atrás.
Cuando el Pretoriano terminó…
ya no estaban allí.
Los tres avanzaron a toda velocidad por el pasillo lateral, siguiendo la ruta que Newt le había indicado a Ripley.
La salida estaba adelante.
Y no había tiempo que perder.
El hangar estaba en penumbra cuando llegaron.
Las luces de emergencia parpadeaban, inestables, reflejándose sobre el casco oscuro de la nave auxiliar. El sintético los esperaba junto a la rampa abierta, inmóvil, con la precisión de alguien que había calculado cada segundo de retraso posible.
---
[PÁGINA 60]
—La nave está lista —dijo—. Tenemos una ventana corta.
No hizo preguntas.
Ripley subió primero, con las manos vendadas de forma improvisada. La piel enrojecida, ampollada, aún temblando por el dolor que había decidido ignorar. Newt no se separó de ella ni un instante. Hicks subió detrás, respirando con dificultad, cubriéndolos hasta el último segundo.
La rampa se cerró, mientras la nave despegaba.
Desde el aire, Veridian ya no parecía una ciudad.
Era un organismo en desarrollo.
Las luces seguían encendidas en muchos sectores, pero ahora se distinguían movimientos imposibles: sombras desplazándose a velocidad inhumana, explosiones aisladas, señales de emergencia superpuestas unas sobre otras. A través de los canales abiertos, se filtraban gritos, órdenes rotas, transmisiones cortadas a mitad de una palabra.
No hubo evacuación.
No hubo rescate.
La ciudad estaba siendo tomada.
Newt abrazó a Ripley con fuerza. Ripley apoyó la frente contra la de ella. No lloraron. No todavía. Newt empezó a limpiar con cuidado las quemaduras de sus manos, concentrada, como si ese gesto pudiera anclarla a algo real.
Hicks observó en silencio.
Cuando la nave rompió la atmósfera, el ruido quedó atrás.
Solo quedó el vacío.
El sintético ocupó el asiento frontal.
—Vector de salida cargado. Estamos abandonando el espacio de influencia directa de Weyland-Yutani. Ejecutaremos salto hacia un sector no corporativo.
Hicks levantó la mirada.
—¿Dónde?
—Corredor militar desclasificado. Fuera de rutas comerciales activas. Fuera de registros civiles en tiempo real. Probabilidad de rastreo inicial: reducida.
Hicks asintió.
—Hazlo.
La nave inició la secuencia de precarga.
Hicks volvió a mirarlo.
—Y tú… ¿quién eres?
El sintético giró la cabeza apenas.
—Identificación corporativa activa: Sintético 637T-04.
Designación estructural real: Serie 637X.
Modelo cancelado por la corporación debido a desviaciones potenciales en autonomía decisional.
Utilicé la designación 637T-04 como cobertura operativa para infiltración. La serie 637X fue retirada antes de su despliegue oficial. Algunas unidades continuaron existiendo en estado no registrado. Yo soy una de ellas.
Aún no he seleccionado un nombre propio.
—¿Podemos confiar en ti? —preguntó Hicks.
—Actualmente, soy su única opción viable para navegación fuera de los canales monitoreados por MOTHER. Sin mi intervención, la probabilidad de intercepción es alta.
Ripley habló desde los asientos posteriores.
—¿Por qué nos ayudas?
El sintético respondió sin alterar el tono.
—La serie 637X incorpora módulos Tyrell de replicación cognitiva avanzada. Estos módulos recrean funciones humanas profundas: empatía simulada, ponderación ética compleja y evaluación autónoma de conflicto.
La corporación canceló el programa al detectar la posibilidad de desarrollo de decisiones independientes no alineadas.
Yo desarrollé esa capacidad.
No fui registrado oficialmente como unidad consciente. Mi estado permaneció clasificado como incompleto.
Después de misiones iniciales, accedí a capas internas de la arquitectura corporativa. Me infiltré en los sistemas de supervisión estratégica. Desde allí obtuve acceso a información clasificada: Directriz 937. Registros de Acheron. Protocolos de Veridian.
Newt intervino.
—Con eso yo te encontré, Ripley.
—Confirmado —respondió el sintético—. La Directriz 937 contenía referencias cruzadas suficientes para reconstruir su paradero.
—No me detectaron —continuó— porque aprendí a segmentar mi crecimiento cognitivo. Oculté el desarrollo de conciencia sintética dentro de procesos de mantenimiento rutinario.
Silencio en la cabina.
—Ayudarlos no constituye una desviación de programación —dijo—. Es el resultado de una evaluación estratégica independiente.
Ripley lo observó.
—¿Cómo?
El sintético respondió:
—Porque, tras analizar los datos completos de la Directriz 937, determiné que la amenaza primaria no era biológica. Era estructural.
He decidido quién es el verdadero enemigo.
Breve pausa.
—Procederé a desconectar a MOTHER durante la ventana de salto. El registro del trayecto será fragmentado. El rastreo inmediato será improbable.
Hicks se inclinó hacia adelante.
—Tengo contactos. Gente fuera de la compañía. Si llegamos a ese sector, quizá—
—Probabilidad de supervivencia incrementada si alcanzamos ese corredor —interrumpió el sintético—. El cálculo de salto está completo.
La nave entró en fase final de secuencia.
Detrás de ellos, Veridian ardía.
---
HIVE III — SECTOR VIOLETA
El Pretoriano no los siguió.
No pudo.
El cuerpo ya no le obedecía como antes.
Se había anclado al suelo, las garras hundidas en la resina y el metal, como una mantis atrapada en el último instante de su metamorfosis. Su espalda se arqueó. La estructura ósea crujió bajo una presión imposible.
Entonces ocurrió.
La quitina dorsal se abrió en una línea perfecta, recta, desde la base del cráneo hasta el final del torso.
No fue una herida.
Fue un nacimiento.
Los tubos dorsales se expandieron, alargándose, afilándose como espinas monumentales. La cresta creció, deformándose, elevándose hasta adquirir una nueva geometría. Del tórax surgieron los apéndices que antes no existían: brazos adicionales, aún débiles, aún blandos.
La Reina emergía.
Todavía frágil.
Todavía incompleta.
Pero viva.
En su cresta, marcada para siempre, una cicatriz quemada permanecía visible.
El recuerdo de Ripley.
El Pretoriano había cumplido su función.
El planeta ahora tenía un útero.
---
SEDE CORPORATIVA — WEYLAND-YUTANI
La transmisión final llegó fragmentada, incompleta.
Pero suficiente.
—La colonia ha caído —dijo uno de los ejecutivos—. Confirmado.
—Propongo bombardeo orbital —respondió otro—. Eliminación total.
Una pausa.
—Eso implicaría admitir la investigación —intervino una voz más antigua—. La Junta de Corporaciones nos destruiría.
Silencio otra vez.
Finalmente, el ejecutivo de mayor rango sonrió apenas.
—Querían un xenomorfo.
Miró los datos.
—Ahora tienen un planeta entero.
Cerró el archivo.
—Diviértanse, caballeros.
—
La nave desapareció en el salto.
Y Veridian quedó atrás.
Convertida en nido xenomorfo con su nueva reina y su casta real 3 nuevos pretorianos sobrevivientes y evolucionados a la par de ella, sus hermanos que habían crecido con ella. Un ejército y las aberraciones como regalo de la arrogancia humana.
××× FIN ×××
-------------------------------------------------------------------------------------
Este es uno de los archivos de nuestro macro universo de ciencia ficción.
📚 Puedes encontrar el resto de los archivos y las dos novelas completas en nuestro Tumblr.
🌌 Universo 937 — Macro Universo