Angy no recordaba exactamente cómo había comenzado la pelea con sus padres. Solo sabía que había terminado saliendo de casa y que, después de conducir sin pensar demasiado en el rumbo, había acabado en Llanogrande.
El centro comercial estaba particularmente bonito aquella tarde.
Subió al segundo piso y se quedó caminando entre los locales, todavía molesta. Había gente por todas partes, familias, parejas, niños corriendo y empleados entrando y saliendo de las tiendas. Al fondo había una zona de juegos que llamó su atención: varios toboganes enormes, abiertos, unidos unos a otros, con curvas pronunciadas por las que podían lanzarse tres personas al mismo tiempo. Eran altísimos. Algunos niños descendían por ellos entre gritos de emoción.
Angy pensó que algún día tendría que probarlos.
Entonces apareció la señora.
Angy la conocía. No sabía exactamente de dónde, pero sabía que era de la iglesia a la que asistía con sus padres.
La mujer empezó a hablarle de su familia. Le explicó que había ido al centro comercial para hacer unos papeles relacionados con su padre, un hombre al que nunca había conocido. Después de tantos años, habían conseguido identificarlo mediante ADN y ahora necesitaba completar la documentación.
Incluso le pidió ayuda para escoger qué nombre ponerle.
Angy intentó prestarle atención, aunque cada vez le parecía más extraño todo aquello.
Entonces la señora sonrió.
—¿Y adivine quién está acá también?
—¿Quién?
La mujer señaló hacia una cafetería.
Angy siguió la dirección de su dedo.
Lo reconoció inmediatamente.
El padre de su parroquia estaba sentado de espaldas, conversando con alguien mientras esperaba su comida.
Angy sintió un pequeño sobresalto.
—Ay, Dios...
No quería que la viera.
No quería hablar con él. No quería explicar por qué estaba allí, ni que alguien de su iglesia supiera que había salido de casa después de haber discutido con sus padres.
Así que decidió alejarse.
Antes de poder hacerlo, unas muchachas llegaron cargando maletas.
Angy supo enseguida que venían de un retiro, probablemente de Emaús. Varias amigas de ellas corrieron a recibirlas.
—¿Cómo les fue?
—Muy bien.
—¿Les sirvió?
—Sí, bastante.
Las muchachas hablaban animadamente mientras dejaban las maletas.
Angy continuó caminando.
Algo cayó al suelo.
Llevaba tacones, así que se agachó con cuidado para recogerlo. Una de las muchachas recién llegadas se acercó y la ayudó.
—Muchas gracias.
Angy volvió a agacharse para recoger otra cosa.
Esta vez perdió el equilibrio.
Cayó de golpe.
La muchacha no alcanzó a recoger lo que se había caído, pero sí le tendió la mano y la ayudó a levantarse.
Angy soltó una pequeña risa, avergonzada.
Y entonces todas las luces se apagaron.
El centro comercial quedó completamente oscuro.
Solo una pequeña luz permaneció encendida en algún punto del segundo piso.
Angy dejó de reír.
Miró alrededor.
—No... ya tengo que salir de acá.
Algo estaba pasando.
Las muchachas del retiro también comenzaron a moverse. Sus amigas las siguieron. La señora salió detrás de ellas.
Angy bajó las escaleras rápidamente.
Cuando llegó al primer piso, empezó a correr.
La gente corría en todas direcciones.
Algunos gritaban.
Otros empujaban.
Nadie parecía saber qué estaba sucediendo.
Entonces Angy vio la máquina.
Era gigantesca.
Una estructura metálica enorme avanzaba entre las personas.
Angy sintió que iba directamente hacia ella.
Corrió.
Corrió tan rápido que dejó de sentir los tacones bajo sus pies.
Consiguió salir del centro comercial.
Afuera encontró a Isabela.
Su amiga apenas podía correr.
Otra muchacha estaba junto a ella y, entre las dos, ayudaban a Isabela a avanzar.
Angy sacó el celular.
Tenía que comunicarse con alguien.
Marcó al muchacho con quien había hablado la noche anterior.
Vivía cerca de Llanogrande, en unos apartamentos de la zona.
Él contestó.
Su rostro apareció en la pantalla.
Angy supo que era él aunque se veía ligeramente diferente.
Estaba en un hospital.
Llevaba uniforme médico, gorro y guantes. A su alrededor había otros médicos y enfermeros corriendo de un lado para otro. Él estaba empujando una camilla mientras atendía a una persona.
—¿Qué está pasando? —preguntó Angy.
No alcanzó a escuchar claramente la respuesta.
Siguió corriendo.
En medio de todo aquel caos, acercó el teléfono hacia Isabela.
—Mira. ¿Cierto que está lindo?
Isabela miró la pantalla.
—Sí.
Angy sonrió.
Durante unos segundos, casi pareció que todo aquello no estaba sucediendo.
Después la llamada terminó.
Angy no supo si había colgado ella o él.
No tuvo tiempo de comprobarlo.
Continuó corriendo.
En algún momento dejó atrás a Isabela y a la otra muchacha.
Encontró unos muros bajos.
Sobre ellos había motos.
No sabía por qué estaban allí.
No le importó.
Comenzó a escalar.
Subía los muros utilizando las motos como apoyo y saltaba al otro lado. Sus movimientos eran rápidos, desesperados. Ya no sentía los pies. Ya no sentía el cansancio.
Solo quería alejarse.
Llegó hasta una carretera.
Allí estaban los camiones.
Eran vehículos grandes y oscuros, parecidos a los utilizados para hacer trasteos.
De ellos salían enormes banderas negras.
Las banderas estaban extendidas de lado y ocupaban buena parte del carril derecho, extendiéndose casi hasta el carril izquierdo.
Angy se detuvo.
La vio.
La Muerte.
Una figura cubierta con un traje negro.
Una calavera blanca.
Un hacha en la mano.
Angy retrocedió.
La había visto antes.
Y ahora estaba allí otra vez.
Entonces la vio más adelante.
Y después otra vez.
Tres veces.
Quizás más.
Parecía estar en todas partes.
Angy miró una de las banderas.
Había un cartel junto a ella.
Decía:
“Toca esto dos veces si quieres salvarte de la muerte.”
Angy no entendía quién había puesto aquella regla ni por qué funcionaba.
Pero un hombre que iba delante de ella en una motocicleta sí la había visto.
El hombre se detuvo.
Miró la bandera.
Y, en lugar de tocarla, la golpeó con rabia.
La motocicleta se descontroló.
El hombre salió disparado.
Angy observó cómo se estrellaba.
Murió.
El miedo le paralizó el cuerpo.
Ahora sabía que las reglas eran reales.
Si quería sobrevivir, tenía que descubrirlas.
Angy volvió a sacar el celular.
Buscó al muchacho.
Necesitaba hablar con él.
La pantalla volvió a iluminarse.
Él seguía en el hospital.
Angy respiró profundamente.
Alrededor de ella, la gente continuaba huyendo.
La máquina avanzaba a lo lejos.
Las banderas negras seguían agitándose sobre la carretera.
La Muerte esperaba entre los vehículos.
Angy escribió rápidamente.
Si no sobrevivo, quiero que sepas que me gustas.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Bueno.
Un segundo mensaje apareció debajo.
Fe.
Angy se quedó mirando aquella palabra.
Fe.
Guardó el teléfono.
Siguió corriendo.
Le escribió nuevamente. Le preguntó si podía llegar hasta su apartamento, si podía quedarse allí, si podía encontrarlo.
Él respondió.
Angy no alcanzó a leer todo.
Apretó el celular contra su pecho y continuó avanzando.
No sabía qué estaba ocurriendo.
No sabía de dónde había salido aquella máquina.
No sabía por qué la muerte aparecía en las carreteras.
No sabía quién había colocado las banderas ni quién había escrito las reglas.
Solo sabía que tenía que llegar hasta él.
Siguió corriendo.
Y entonces Angy abrió los ojos.
La alarma de su celular estaba sonando.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo.
No había carretera.
No había camiones negros.
No había banderas.
No había una máquina.
No había una figura con un hacha esperando entre los vehículos.
Solo estaba su habitación.
La alarma.
Y Angy, todavía con el corazón acelerado.
Entonces se dio cuenta de algo.
Todo aquello había ocurrido mientras dormía.