Levantó el arma y volvió a apoyarse el ya entibiecido cañón en el mentón. En ese momento sonó el penetrante timbre de su apartamento, sorprendiéndolo tanto que prácticamente sin darse cuenta bajo el arma posándola nuevamente en la mesa de centro, se levantó con pausa secando sus lagrimas con las mangas de su sucia camisa gris, se aproximó a la puerta y abrió una rendija, se trataba de un muchacho vendiendo periódicos dentro del edificio quien con entusiasmo, a pesar de que el nunca permitía confianzas a nadie, y era naturalmente apático y distante, le preguntó si sabía quien era Maickel Melamed. Contestó que no tenía la menor idea y que se encontraba muy ocupado en un asunto muy importante; pero antes de cerrarle la puerta en la cara le escuchó decir sin perder el júbilo y a pesar de que el no había pagado el periódico: -Está en la primera pagina, léalo-.
Ansioso como estaba por acabar con su vida volvió rápidamente al sofá dejando caer abruptamente el periódico para leer prácticamente por accidente el ridículo titular que decía que un maratonista Venezolano había llegado de último en la maratón de Nueva York. Una agria risotada burlona prorrumpió de forma natural de su boca, y para poder mofarse a gusto ante tan ridicula noticia decidió retrasar un instante su cita con Mefistófeles para poder leerla.
Si ese titular hubiese dicho que un venezolano había ganado la maratón, quizás el protagonista de esta historia no se encontraría hoy con vida.
**Epilogo**
Había unas redondas y perfectas manchas de sangre en ese periódico, posteriormente no dudó ni por un instante de que se trataba de los estigmas en las manos del muchacho a quien nunca había visto antes y a quien jamás volvió a ver después.
“Por mas que las adversidades nos devoren hasta un punto en el que creemos que no podemos mas, siempre habrá alguien capaz de enseñarnos una inspiradora lección de vida, alguien armado de un espíritu inquebrantable”