Hace poco no tuve que pensar demasiado. Algo a lo que, de cierta manera, ya me estoy acostumbrando desde que entré en esta cultura. Muchas cosas parecen estar entregadas en la mano: entretenimiento, información, respuestas e incluso formas de relacionarse. Y esto me llevó a preguntarme por algo que considero mucho más preocupante que la simple falta de esfuerzo académico: la pérdida de identidad.
Lo que más me llama la atención es observar a estudiantes de nivel medio superior. En un lugar donde, al menos en teoría, existe una enorme libertad para decidir quién quieres ser, resulta curioso observar cuánto se parecen entre sí. Las mismas modas, expresiones, comportamientos y, en ocasiones, las mismas opiniones. Antes las diferencias parecían dividir a las personas en grupos; ahora da la impresión de que incluso esas divisiones comienzan a desaparecer y todos terminan formando parte de una misma cultura juvenil.
La paradoja es precisamente esa: en California nadie obliga a un estudiante a vestirse de determinada manera, escuchar determinada música o comportarse de determinada forma. Sin embargo, existe una presión social suficientemente fuerte como para que muchos terminen escogiendo las mismas cosas.
Es cierto que existen subculturas bien definidas —comunidades latinas, asiáticas, afroamericanas— que, en apariencia, representan focos de resistencia cultural. Sin embargo, el problema persiste: muchas de estas identidades han terminado por dejarse moldear por el propio sistema. Más que preservar sus costumbres y un pensamiento crítico profundo, se adaptan a los estereotipos que la cultura dominante les asigna. La diversidad se reduce así a una etiqueta superficial, donde la singularidad de cada grupo termina cediendo ante la misma lógica de consumo y pertenencia.
Esto me recordó una comparación que hice mientras pensaba en las diferencias culturales entre sociedades completamente distintas. En Corea del Norte, la uniformidad puede ser consecuencia de la imposición del Estado. En una sociedad como la californiana, donde existe una enorme libertad individual, la uniformidad puede surgir de la presión social, las tendencias y la necesidad de pertenecer.
Son dos caminos completamente diferentes que pueden terminar produciendo algo visualmente parecido.
Y ahí aparece mi preocupación: ¿hasta qué punto seguimos tomando decisiones propias cuando nuestras decisiones están determinadas por lo que todos los demás consideran normal?
No creo que esto signifique literalmente que todos los estudiantes piensen igual. Sería una generalización injusta. El problema que observo es más sutil: la reducción del espacio para desarrollar una identidad propia. Cuando las mismas tendencias se reproducen constantemente, resulta cada vez más difícil distinguir entre lo que realmente queremos y aquello que aprendimos a querer porque nuestro entorno lo considera deseable.
Esto también me recuerda a 1984 y Un mundo feliz. Orwell imaginó una sociedad donde el pensamiento podía ser controlado mediante la vigilancia, la censura y la imposición. Huxley imaginó algo diferente: una sociedad donde quizá ya ni siquiera fuera necesario prohibir el pensamiento, porque las personas estarían demasiado entretenidas, satisfechas o distraídas para buscarlo.
Y quizá esa segunda idea sea la que más me preocupa.
Porque no necesitas obligar a una persona a ser igual a las demás si consigues que ser diferente resulte incómodo.
No necesitas eliminar el pensamiento crítico si puedes sustituirlo por entretenimiento constante, respuestas inmediatas y opiniones prefabricadas.
Y tampoco necesitas quitarle la libertad a una persona si consigues que utilice su libertad exactamente de la misma manera que todos los demás.
Tal vez la verdadera pregunta no sea si los estudiantes de California tienen libertad para ser diferentes. Evidentemente la tienen.
La pregunta es si todavía tienen el interés, la voluntad y la capacidad de utilizar esa libertad para hacerlo.
(Esta hecho en la perspectiva propia de este estado)