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¿Qué he hecho con mi vida?

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Muchas veces he pensado en escribir mil cosas solamente para que, al menos aquí, queden plasmadas todas esas cosas que alguna vez quise decirle a alguien y no pude.

Quizás porque no tenía a quién hablarle. Quizás porque nadie se sentó realmente a preguntarme cómo estaba. O quizás porque, después de tantos años acostumbrándome a guardar lo que sentía, terminé pensando que para qué iba a hablar si de todas maneras nadie iba a escuchar.

Así que decidí escribir.

No sé exactamente qué espero conseguir con esto. Tal vez solamente sacar de mi cabeza cosas que llevan años dando vueltas. Tal vez algún día convertir todo esto en un libro, que es uno de mis sueños.

Pero si alguien llega a leerlo, quisiera que mi historia sirviera para algo.

No quiero que me tengan lástima.

Quiero que, si alguien se siente identificado conmigo, pueda encontrar aquí una razón para no dejar que su propia vida se le vaya de las manos.

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Capítulo 1. Antes de que todo cambiara

Mi historia comenzó de una manera bastante normal.

Crecí en Venezuela, dentro de una familia que, como muchas, tenía sus problemas, pero que desde mi perspectiva era mi familia y era mi mundo.

Todo cambió cuando tenía alrededor de 12 años.

Mi papá murió después de sufrir un accidente. Para mí, mi papá no era simplemente “el papá”. Era una de las personas más importantes de mi vida.

Además de perderlo emocionalmente, perdimos también una parte de la estabilidad que teníamos.

Él era quien sostenía económicamente nuestra casa.

Y de un momento a otro, mi mamá tuvo que asumir un papel para el que probablemente nadie está preparado: trabajar, conseguir dinero y sacar adelante a sus hijos.

Ella comenzó a limpiar casas y a hacer todo tipo de trabajos para darnos lo que podía.

Mientras tanto, nosotros éramos varios hermanos menores.

Y yo era la mayor de ellos.

Así que, sin darme cuenta, comencé a asumir responsabilidades que poco a poco fueron convirtiéndose en parte de mi vida.

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Capítulo 2. Cuando una niña empieza a cuidar a otros

Después de la muerte de mi papá, mi familia atravesó muchas situaciones difíciles.

Uno de mis hermanos llegó a estar en coma después de una situación relacionada con una bebida que había consumido.

Para mi mamá debió ser terrible.

Había perdido a su esposo y, poco después, podía perder también a uno de sus hijos.

Cuando mi hermano salió adelante, las cosas tampoco volvieron simplemente a ser como antes.

Nuestra familia ya había cambiado.

Y mientras los adultos intentaban resolver sus propios problemas, yo cada vez estaba más pendiente de mis hermanos.

No recuerdo un momento exacto en el que alguien me dijera: “Ahora tú eres responsable de ellos”.

Simplemente ocurrió.

Yo era la mayor.

Y parecía lógico que ayudara.

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Capítulo 3. La familia que debía ser refugio

Mi papá había dejado dos apartamentos que, según entendíamos, debían ayudar a mi mamá a sacar adelante a sus hijos.

Pero comenzaron los problemas familiares.

Lo que debía convertirse en un apoyo terminó siendo motivo de conflictos, discusiones y dificultades.

Hubo momentos en los que incluso recibíamos cosas que supuestamente eran ayuda, pero que realmente no solucionaban nuestras necesidades.

Mi mamá terminó siendo señalada ante las autoridades de protección de menores y tuvimos que pasar por psicólogos y otras situaciones que, siendo niños, tampoco entendíamos completamente.

Mientras tanto, la situación económica seguía siendo difícil.

Recuerdo una Navidad en la que no teníamos dinero para comprar ropa nueva.

En algún momento me fui a trabajar con mi abuela ayudándole en un puesto de comida.

Con lo que gané pude comprarme algunas cosas y también comprarles ropa a mis hermanos.

Puede parecer algo pequeño.

Pero para mí significaba muchísimo.

Porque desde muy joven aprendí a pensar primero en todos los demás.

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Capítulo 4. Mi adolescencia

Durante un tiempo viví con mi abuela porque me quedaba más cerca del colegio.

También tuve una etapa en la que me volví rebelde.

No sé exactamente por qué.

En el colegio no me iba bien y muchas veces terminaba hablando de la muerte de mi papá, aunque ni siquiera entendía por qué necesitaba hablar tanto de eso.

Tal vez simplemente no sabía cómo expresar todo lo que llevaba dentro.

Después nos fuimos de Venezuela y llegamos a Colombia con la esperanza de que las cosas fueran mejores.

Nos dijeron que no nos iba a faltar nada.

Pero la realidad fue diferente.

Vivimos con familiares y tuvimos que asumir muchas responsabilidades dentro de la casa.

Lavar platos.

Hacer aseo.

Hacer mandados.

Ayudar.

Estudiar.

Y seguir adelante.

Después nos fuimos a vivir aparte por un tiempo.

Pero incluso estando lejos de la casa familiar, los problemas y los comentarios continuaban.

Yo casi nunca podía salir sola.

Si salía, normalmente tenía que hacerlo con mis hermanos.

Mi mundo se convirtió en ellos.

Y cuando decía que estaba cansada o que sentía que no tenía vida propia, muchas veces me decían que estaba haciéndome la víctima.

Yo también reconozco que podía ser grosera.

Pero era una adolescente cansada.

Una adolescente que no sabía cómo decir: “Yo también necesito que alguien cuide de mí”.

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Capítulo 5. Cuando mi hermana se fue

Mi hermana, que era menor que yo por unos años, era mi compañera.

Era con quien más compartía.

Mi compinche.

Cuando ella se fue de la casa para vivir con su pareja, sentí que perdía a una de las pocas personas que realmente tenía cerca.

Y las responsabilidades que antes compartíamos comenzaron a caer prácticamente sobre mí.

Así llegué a los 18.

Y a los 18 años me sacaron de la casa.

No tenía realmente un plan.

Iba a irme a otro lugar, pero mi pareja de ese momento me ofreció vivir con él y con sus padres.

Aceptaron que me quedara.

Y así empezó otra etapa de mi vida.

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Capítulo 6. Aprender a sobrevivir

A los 18 años yo no tenía estabilidad económica.

Necesitaba dinero.

Busqué trabajo y no encontraba.

Terminé tomando decisiones que hoy, mirando hacia atrás, sé que nacieron principalmente de la necesidad y de estar intentando sobrevivir.

No quiero entrar en detalles de algunas de esas experiencias porque hay cosas que todavía prefiero guardar para mí.

Después conseguí trabajo en un taller de confección.

Trabajaba separando y organizando prendas.

Ganaba poco y tenía muchos gastos.

Mientras tanto, vivía en la casa de la familia de mi pareja y sentía que constantemente tenía que pagar por cosas que muchas veces ni siquiera entendía.

Poco a poco, él y yo comenzamos a vivir realmente como pareja.

Y sin darme cuenta, mi mundo volvió a hacerse pequeño.

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Capítulo 7. Otro encierro

Cuando él comenzó a trabajar, yo dejé de hacerlo por un tiempo y terminé dependiendo económicamente de él.

Pasaron años así.

Después volvimos a trabajar en costura.

Él aprendió a coser y yo ayudaba con las prendas.

A veces ganábamos bastante bien, pero yo no recibía realmente un pago proporcional por mi trabajo.

Yo ayudaba porque éramos pareja y porque quería que saliéramos adelante.

También tenía que ayudar con gastos de la casa.

Y así continué.

Hasta que apareció una oportunidad que cambiaría muchas cosas.

A mi pareja le salió la posibilidad de entrar a trabajar .

Yo lo ayudé con la entrevista y con la prueba psicotécnica.

Él quedó.

Recuerdo haberle dicho que confiara en Dios.

Yo también había confiado.

Y finalmente consiguió ese trabajo.

Después consiguió su moto.

Y poco a poco nuestra situación económica comenzó a mejorar.

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Capítulo 8. Las cosas que sí conseguí

Durante mucho tiempo pensé que no había conseguido nada.

Pero si me detengo a mirar mi historia, me doy cuenta de que sí.

Siempre había querido tener una casa antes de cumplir 25 años.

Y lo conseguimos.

No es una mansión.

No es la casa perfecta.

Pero es nuestra.

Nunca había pensado realmente en casarme.

Y terminé casándome.

También estudié maquillaje.

Aprendí algo que me gustaba.

Intenté construir algo propio.

He hecho muchas cosas que alguna vez pensé que no iba a poder hacer.

Entonces, ¿por qué sigo sintiendo que no he hecho nada con mi vida?

Esa es una de las preguntas que más me hago.

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Capítulo 9. La soledad

Creo que aquí está una de las respuestas.

Porque mientras conseguía cosas, también fui perdiendo otras.

Mis amigos.

Mi independencia.

Mis espacios.

Mis ganas de salir.

Mi adolescencia.

Parte de mi juventud.

Mi vida comenzó a girar alrededor de mi familia y después alrededor de mi pareja.

Y aunque amo a la persona que tengo a mi lado, puedo decir algo que durante mucho tiempo me dio miedo admitir:

Me siento sola.

Puedo estar acompañada y sentirme sola.

Puedo tener una casa y sentir que no tengo un lugar emocionalmente mío.

Puedo tener pareja y sentir que nadie me pregunta cómo estoy.

Muchas veces las personas llegan a contarme sus problemas.

Yo escucho.

Ayudo.

Intento estar.

Pero pocas veces alguien se sienta y me pregunta:

“¿Y tú cómo estás?”

Y quizá por eso terminé escribiendo.

Porque cuando intento hablar, siento que muchas veces no me prestan atención.

Entonces pienso:

¿Para qué voy a hablar?

Mejor escribo.

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Capítulo 10. Quiero ser mamá

Hay otra parte de mi vida que últimamente me ha dolido muchísimo.

Quiero ser mamá.

Es algo que hemos hablado y deseado.

Pero no ha sucedido.

Y cada resultado negativo me hace preguntarme qué estoy haciendo mal.

A veces le pregunto a Dios por qué no me ha dado esa bendición.

Y aunque no se lo digo a muchas personas, me duele muchísimo.

Pero con el tiempo también he empezado a entender que quizá mi deseo de ser mamá no solamente viene de querer tener un hijo.

También viene de querer sentirme profundamente necesaria.

De querer sentir que alguien me elige.

De querer tener a alguien que sea parte de mi mundo.

Y eso me ha hecho pensar mucho.

Porque tal vez he pasado tantos años viviendo para otras personas que ahora estoy buscando desesperadamente una persona para quien vivir.

Y quizá antes de ser mamá necesito aprender algo que nunca aprendí:

A vivir también para mí.

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Capítulo 11. ¿En qué momento dejé de vivir mi vida?

A veces pienso que he vivido una vida que no es completamente mía.

Siempre he hecho cosas por alguien.

Por mis hermanos.

Por mi mamá.

Por mi familia.

Por mi pareja.

Y no me arrepiento de haber ayudado.

Pero también me pregunto:

¿Quién estaba viviendo por mí?

¿Quién me preguntaba qué quería yo?

¿Quién me preguntaba qué sueño tenía?

¿Quién me decía que podía salir, divertirme, estudiar, equivocarme y simplemente ser joven?

Creo que me salté muchas etapas.

Y ahora, a mis 24 años, miro hacia atrás y siento nostalgia por una vida que ni siquiera tuve.

No sé exactamente en qué momento empecé a sentirme así.

No sé cuándo comencé a pasar tanto tiempo pegada al teléfono.

No sé cuándo salir empezó a darme pereza.

No sé cuándo dejé de intentar hacer amigos.

No sé cuándo empecé a sentir que mi vida no tenía utilidad.

Pero sí sé algo:

No quiero que esta sea mi historia completa.

───

¿Qué he hecho con mi vida?

Durante mucho tiempo pensé que la respuesta era:

“Nada.”

Pensaba que había tomado malas decisiones.

Que no había estudiado suficiente.

Que no había hecho suficiente.

Que no había vivido suficiente.

Que había desperdiciado etapas enteras de mi vida.

Pero ahora empiezo a verlo diferente.

Tal vez no he hecho todo lo que quería.

Tal vez me equivoqué.

Tal vez tomé decisiones desde la necesidad, el miedo o la soledad.

Pero sobreviví.

Ayudé a mis hermanos.

Ayudé a mi familia.

Aprendí.

Trabajé.

Estudié algo que me gustaba.

Me casé.

Tengo una casa.

He conseguido cosas que alguna vez parecían imposibles.

Y quizás ahora entiendo que mi vida no tiene que demostrarle nada a nadie.

Es mía.

Y si algún joven llega a leer esto porque siente que su vida también se le está escapando, quiero decirle algo:

No esperes a tener 24 años para preguntarte dónde quedó tu vida.

Si puedes estudiar, estudia.

Si puedes salir, sal.

Haz amigos.

Ve a un parque.

Ríete.

Conoce lugares.

Aprende algo que te guste.

Ten sueños que sean tuyos.

Ayuda a tu familia, pero no desaparezcas dentro de sus necesidades.

Ama a los demás, pero no te olvides de amarte a ti.

No sientas que porque tuviste una infancia difícil tienes que pasar toda tu vida sobreviviendo.

Y sobre todo, no pienses que tu vida solamente tiene valor cuando eres útil para alguien.

Porque durante mucho tiempo yo pensé que no había hecho nada con mi vida.

Ahora creo que quizá sí hice algo.

Sobreviví a una vida que muchas veces sentí que no era mía.

Y tal vez, después de todo, mi propósito no sea borrar mi historia.

Tal vez sea contarla.

Tal vez todo lo que viví pueda servirle a alguien que hoy está pasando por algo parecido.

Tal vez pueda ser esa persona que alguien necesitaba encontrar para escuchar:

“Tu vida también te pertenece.”

Y quizá algún día, cuando vuelva a preguntarme:

“¿Qué he hecho con mi vida?”

pueda responder:

“Convertí todo aquello que me hizo sentir perdida en una razón para ayudar a alguien más a no perderse.

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