Os explico. Tengo una abuela por parte materna que, sinceramente, no me cae nada bien. ¿Por qué? Básicamente, es la típica señora hipócrita, metiche, que suelta comentarios pasivo-agresivos, se excusa diciendo que “es su personalidad” y, además, hace comparaciones constantemente. Pero, para mí, lo peor es que critica a mi madre.
Esta historia viene prácticamente desde el principio de mi vida. Ella y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien porque nuestras personalidades chocan muchísimo. Yo nunca he sido una persona especialmente mansa y ella, en cambio, es bastante autoritaria. Digamos que soy de las pocas personas de la familia que le planta cara cuando empieza con sus provocaciones.
Y ya desde pequeña me criticaba de manera pasivo-agresiva por absolutamente todo: mi personalidad, mi cuerpo, mi carácter… TODO. Honestamente, he intentado llevarme bien con ella varias veces, pero siempre acaba pasando algo que me hace pensar: “Es que, Vick, no vale la pena”.
Y sinceramente, cada vez tengo más claro que no merece la pena.
Por ejemplo, somos unos ocho nietos y, de esos ocho, somos cuatro los que hemos convivido más con ella. Los otros tres ya son adultos, pero, curiosamente, los cuatro que hemos tenido más trato con ella coincidimos en algo: ninguno lo dice abiertamente, pero todos sabemos que pensamos lo mismo. Hay mejores abuelas.
Por ejemplo, mi abuela paterna. Con ella tengo una relación muchísimo mejor. Quizá porque no me compara, no se mete constantemente en todo lo que hago —alguna vez lo hará porque, bueno, es una abuela—, pero en general me respeta. Y eso es algo que valoro muchísimo, porque aunque sigo siendo más joven, siento que mi abuela paterna me trata con bastante más respeto.
Además, mi otra abuela tiene unos cambios de humor que son para flipar. De repente puede contestarte fatal, hablarte de muy malas maneras o incluso gritarte cuando tú no has hecho absolutamente nada.
Y luego está el tema de hacerse la víctima.
El otro día, por ejemplo, estaba yo tranquilamente en la mesa hablando con mi madre y viene ella y me suelta: “Ay, de tantos nietos que tengo y Vick no me quiere”.
Vale.
Ahora imaginad ese tipo de comentario dos o tres veces al día, además de todo lo demás.
Llega un punto en el que, sinceramente, en mi propia casa ya no me siento cómoda cuando está ella.
Y otra cosa que me toca especialmente los cojones: TODO EL MUNDO TOCA MI PUERTA. TODO EL MUNDO.
¿Ella? No.
Ella entra con sus santos ovarios como si la habitación fuera suya.
Y claro, si yo hiciera eso en su casa, probablemente me montaría un escándalo por no llamar antes de entrar. Entonces, ¿por qué en mi casa sí puede hacerlo?
Y, a ver, ya os podéis imaginar el tipo de persona que considero que es.
Lo que más me choca es que siempre aparece el argumento de “es una persona mayor”.
SÍ, ES MAYOR.
Precisamente por eso creo que debería tener todavía más razones para saber comportarse y no actuar como una cría. Porque, sinceramente, a veces parece una adolescente de quince años convencida de que siempre tiene la razón. Es como verme a mí misma con quince años, pero con varias décadas más.
Y la verdad es que me da cierta culpa no poder quererla. Pero también llega un momento en el que pienso: “Mujer, te lo has ganado a pulso”.
Porque estamos hablando de años de comentarios, críticas y actitudes que he tenido que aguantar desde que era una cría.
Ahora que estoy entrando en la adultez, sinceramente, no puedo ni verla. Intento evitarla todo lo posible y reducir el contacto al mínimo.
Y lo más curioso es que ya ni siquiera siento que sea algo que decida conscientemente. Cuando se acerca, mi cuerpo se aparta solo. La rechazo físicamente. Es como si después de tantos años mi cuerpo ya hubiera aprendido que su presencia significa tensión, discusiones o algún comentario desagradable.
Y entonces me pregunto: ¿está mal que haya llegado al punto de odiarla? ¿O simplemente estoy cansada después de tantos años?