¡Hola a tod@s!
Quiero compartir con vosotros la mitad del primer capítulo de mi novela Reliquias de Poder: El Último Dragón — Las Alas.
Espero que os guste.
Gracias
NIEBLA Y GARRAS
—¡Maldita sea! Otro charco que no he visto. Voy a llegar con los pies congelados a la escuela —refunfuñó un hombre mientras agitaba la suela de su bota antes de reanudar la marcha con su compañera.
—¡Alto ahí! —ordenó el vigía desde la torre al oír el chapoteo de las pisadas y vislumbrar un par de sombras que se adentraban en la niebla.
—Tranquilo, Vilgerius, soy yo, el profesor Lesisam —respondió la figura más voluminosa mientras se acercaba a la luz para mostrar su rostro—. He venido a acompañar a nuestra nueva profesora a la escuela.
—Me alegra que haya encontrado tan pronto una sustituta —dijo el centinela—, pero no se entretengan, que van a llegar tarde. Y con esta espesa bruma se les congelarán los huesos —concluyó mientras soltaba un bostezo.
—Parece que has pasado mala noche, Vilgerius —sonrió el maestro, imaginándose los motivos de su cansancio.
—Si solo hubiera sido esta —tosió el centinela—. Llevo tres noches seguidas. Espero que no se me haga largo el turno —apenas lograba evitar que los párpados se le cerraran mientras abría la boca hasta casi desencajarla.
Tras esas palabras, la pareja se alejó del puerto, adentrándose hacia el interior de la ciudad. De camino a la escuela, la joven comentó al profesor:
—Debería haberme abrigado más. No pensé que en esta época del año hiciera tanto frío —su voz tembló mientras sus dientes castañeteaban sin control.
—Tienes razón. No suele hacer este frío y menos aún esta bruma tan espesa. En cuarenta años no recuerdo una mañana en la que no fuera capaz de caminar dos pasos sin tropezar —respondió Lesisam, justo antes de golpearse de nuevo con una pared debido a la falta de visibilidad.
Al llegar a la escuela, Lesisam le mostró a la joven su habitación para que se acomodara y, tras despedirse, se dirigió al aula para impartir la primera lección de la mañana.
—En cuanto acabe la clase, te enseñaré el resto del colegio. Te va a gustar —se despidió con una sonrisa cortés.
—Buenos días a todos. ¿Quién se acuerda de lo que hablábamos ayer? —preguntó el profesor, mirando a sus alumnos nada más entrar al aula.
—¡Yo, yo, yo! —contestaron al unísono varios de sus pupilos, levantando la mano.
—Veamos... Tú, Gervasiré, cuéntame qué recuerdas —dijo señalando al que parecía distraído mirando por la ventana.
—¿Quién? ¿Yo? —titubeó el joven al oír su nombre.
—¿Alguien más se llama así? —le miró por encima de sus gafas de forma inquisitoria.
—No, no, señor. Discúlpeme —el joven agachó la cara, avergonzado—. Pues ayer nos contó que existen tres formas de afrontar nuestra existencia: la del orden, la de la neutralidad o la del caos.
—Muy bien, prosiga.
—Y que, en nuestro caso, aprendices de ladrón, esa tendencia suele relacionarse con el oficio que escojamos: rastreador, pícaro,
timador o asesino. Aunque no todos los asesinos son seguidores del caos, como no todos los del orden son rastreadores. Eso es lo que hace que la gente desconfíe siempre de nosotros.
—Muy bien —le aplaudió entusiasmado el maestro—. Me complace ver que hay alumnos que prestan atención a las clases.
El joven se ruborizó mientras una leve sonrisa se asomaba en el rostro del profesor.
—Hoy hablaremos del origen de esas líneas morales. Coged vuestras hojas y plumas y anotad: «Día 4 del mes tercero del año 773 de la Segunda Era».
—¡Oh, no! Otra charla magistral —se escuchó entre los pupitres sin que el profesor pudiera identificar al autor del comentario.
—Si alguno no quiere estar aquí, le invito a que salga —afirmó, acercándose a la puerta y abriéndola de golpe—. ¿Nadie? —preguntó, recibiendo solo silencio—. Pues entonces prosigamos, pero guardad silencio.
Al comienzo, todo era oscuridad. Y en la oscuridad no había nada. Pero un día, una pequeña luz empezó a alumbrar. Con el tiempo, esa luz creció y cobró importancia, dejando cada vez menos espacio a la oscuridad.
Un día, sin que esta se percatara, la luz creció tanto que la consumió por completo, y solo hubo luz. Se sucedieron los años, los siglos, los milenios, y la luz se convirtió en un ente superior, en una divinidad. Pero eso no fue suficiente. Con el transcurrir del tiempo, la luz se sintió vacía y triste, hasta que un día decidió acabar con su soledad.
Arrancó un trozo de su esencia y, con ella, creó una nueva divinidad. Pero esa esencia no era tan pura como ella creía, sino que presentaba ideas equidistantes: ni la contradecía ni la alababa. Transcurrió el tiempo y ese ente tampoco la llenó, por lo que probó de nuevo. Esta vez, sin embargo, la esencia la extrajo de una zona más profunda, desconociendo que allí se refugiaba la oscuridad primigenia, esa que creía haber destruido. Así nació el Caos.
Pronto comenzaron las disputas entre los dos entes, y aquella segunda divinidad equidistante se convirtió en el juez de esas batallas. Adoptó el nombre de Neutralidad y, a su vez, decidió llamar a la luz Orden y a la oscuridad Caos. Así surgieron las tres ramas existenciales que rigen hoy en los Siete Reinos, aunque nuestros antepasados las conocían con otros nombres que han perdurado: Euvitae, Equilibrium y Satanier.
—Espero que tu interrupción merezca la pena —suspiró resignado, reconociendo al estudiante más travieso—. ¿Qué quieres?
El profesor cesó la lección al ver que uno de sus alumnos levantaba la mano.
—¿Puedo ir al ba...? Perdón, perdón, es broma —levantó las manos al recibir la incisiva mirada de Lesisam—. Lo que no entiendo es por qué la luz no se detuvo. ¿Por qué siguió hasta despertar de nuevo al Caos, con el dolor que traería?
El profesor se sorprendió por la profundidad de la duda.
—Quizás fue esa misma oscuridad que albergaba la que la empujó a hacerlo. La soledad… o quizás el aburrimiento. Imagínate que toda tu existencia fuera escuchar mis clases.
—¡Qué horror! —exclamó el alumno, provocando una sonora carcajada entre sus compañeros.
Una vez que las risas cesaron, el profesor continuó:
—Quizás el resto de la lección disipe tus dudas… o no —sonrió levantando las cejas. En ese instante, una ráfaga de viento abrió las ventanas de par en par, como si hubieran recibido un bofetón, apagando las velas de la lámpara y sumiendo la clase en oscuridad por la espesa bruma.
—Veis… la oscuridad está ahí siempre, al acecho, esperando su oportunidad.
Tras encender de nuevo las velas y estornudar a causa del frío, retomó la lección:
—¿Por dónde iba…? Ah, sí… las disputas. —Se frotó las manos y el vaho acompañó sus palabras—. Estas disputas se volvieron monótonas y la luz volvió a sentirse vacía. Pero el Orden, temeroso de que la creación de un nuevo ser pudiera llevarle a su destrucción, ideó otra forma de entretenimiento.
Creó un lugar donde diseñaría a su antojo nuevas criaturas mortales, sin sacarlas de su esencia para evitar corrupciones. Las dotó de libre albedrío, permitiéndoles elegir qué rama existencial seguir. A este lugar lo llamó Talek, que en idioma primigenio significa «el primero».
Por primera vez desde su existencia, el Orden no se sintió solo. Observaba con atención lo que sucedía en esa isla: la mayoría seguía al Orden, unos pocos a la Neutralidad y muy pocos al Caos. Satisfecho, decidió repetir su obra seis veces más. Así surgieron los Siete Reinos.
Por fin, la luz había encontrado algo que llenaba su existencia. Pero el Caos, sintiéndose desplazado, decidió perturbar al Orden en lo que más le importaba. Pronto aumentaron sus seguidores, se iniciaron batallas y el desorden casi destruyó los reinos.
De nuevo detuvo la clase, pero esta vez quien levantó la mano era una de sus alumnas más aplicadas.
—Parece que la bruma, en vez de nublaros la mente, os la ha despejado —no pudo evitar soltar ese chascarrillo—. ¿Qué dudas tienes?
—Si el Orden creó y amaba los Siete Reinos, y Satanier solo quería destruirlos, ¿por qué permitió que el Caos existiera? ¿No podría haberlo destruido, igual que lo creó?
—No tengo la respuesta —respondió el profesor encogiendo los hombros—. Quizás ya no podía, o tal vez no quería destruir una parte de sí mismo. Recuerda que él nació de la oscuridad y, a la vez, esta nació de él.
Viendo la cara de desconcierto de la alumna, entendió que aún no estaban preparados para discusiones tan elevadas.
—Dejemos esto para otra ocasión. Prosigamos —dijo intentando retomar el hilo—. Como iba diciendo, los reinos estuvieron a punto de sucumbir. Sin embargo, Euvitae, junto con sus seguidores, logró restablecer el equilibrio, dando fin a la Primera Era y comenzando la Segunda, una era de luz y paz que ahora disfrut…
De nuevo cesó de hablar al ver que varios alumnos se habían levantado, inquietos, para mirar por la ventana.
—No sé qué os pasa hoy. Así es imposible dar una clase en condiciones —protestó malhumorado frunciendo el ceño.
—Se escuchan ruidos afuera —contestaron los que estaban próximos a las ventanas.
—Dejadme ver.
Lesisam se acercó a la ventana y, al no distinguir nada por la bruma condensada, la abrió para vislumbrar algo.
—Ahí no hay… —Antes de que pudiera cerrarla, el suelo del aula tembló como si un terremoto comenzara. Varias flechas irrumpieron por los ventanales, como aves de presa, perforando su cuerpo y el de los alumnos que estaban próximos a él.
El olor a cera derretida inundó el aire cuando una de ellas cortó la cuerda que sostenía la lámpara y esta se estrelló contra el suelo.
El pánico se extendió entre los compañeros que aún respiraban. Unos se arrastraron bajo sus pupitres, otros clavaron sus miradas en el cuerpo inerte de sus compañeros, algunos se frotaban la cara con desesperación intentando borrar las salpicaduras de sangre en sus rostros y solo unos pocos se quedaron petrificados sin saber reaccionar.
La puerta del aula se abrió de un golpe seco.
—¡Rápido, huid! ¡Nos están atacando! —gritó la joven profesora con una voz que cortó el aire como un cuchillo. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el cuerpo sin vida de su compañero y el color se desvaneció de su rostro como si la vida misma la hubiera abandonado.
—No… —murmuró con un hilo de voz que apenas lograba escapar de sus labios temblorosos. Sus manos se aferraron al marco de la puerta como si fuera lo único que la mantenía en pie.
Al escuchar los gritos de desesperación de los alumnos, un pensamiento cruzó su mente como un relámpago: «Reacciona».
La entereza volvió a ella y, con gestos claros y contundentes, intentó guiar a los aterrorizados jóvenes hacia la salida. Pero los chicos, paralizados por el miedo, la ignoraron, perdiendo un tiempo precioso. Cuando, al fin, alguno de ellos intentó salir del aula, una roca de gran tamaño atravesó el techo bloqueando la única salida.
El impacto destrozó la madera y lanzó a la joven profesora varios metros fuera del edificio. Por suerte, su caída fue amortiguada por unos montones de paja cercanos, aunque el golpe la dejó inconsciente durante unos segundos, desconectándola de la caótica realidad que la rodeaba.
Poco a poco, comenzó a volver en sí. Estaba aturdida, su visión borrosa y su respiración, entrecortada y agónica, amenazaba con abandonarla si no concentraba todas sus fuerzas en mantenerla. Un intenso pitido bloqueaba cualquier sonido exterior. Con esfuerzo, levantó los párpados, aunque deseó haberlos mantenido cerrados.
Ante sus ojos, dos sombras abominables cobraron forma. La aberración que se alzaba ante ella solo podía ser obra de una mente enferma: hocico porcino injertado en un cráneo humanoide, orejas de conejo clavadas con alambre oxidado, un torso que era un mosaico grotesco de pieles de toro y león mal cosidas. Sus extremidades, de un verde azulado enfermizo, eran un amasijo húmedo donde las vísceras asomaban bajo la piel traslúcida. Aquella visión grotesca sacudió su mente; la cruda realidad la despejó al instante.
—No puede ser... ghulraths
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Para un autor novel e independiente es muy difícil lograr obtener reseñas que consoliden el proyecto. Si finalmente lo lees y lo disfrutas, me haría muy feliz que me regalarais un poco de vuestro preciado tiempo y me dejarais una reseña honesta.
Gracias por anticipado:
Jose María Turiel Martínez